Hay tres países en el mundo donde el sistema métrico decimal no es oficial: Liberia, Birmania y, claro, Estados Unidos. En este último país usan un sistema de medidas tradicional, basado en el Sistema Imperial británico, que desarrollaron durante las primeras etapas de la revolución industrial. No han sido pocos los intentos de implantar el sistema internacional en el país, y de uno de los últimos proviene esta auténtica rareza: la Interestatal 19, la única carretera de Estados Unidos señalizada íntegramente en kilómetros.
En España no existe un solo centímetro cuadrado de territorio que no pertenezca a algún ayuntamiento, con la única excepción de las Bárdenas Reales de Navarra, que pertenecen a la Corona Española. De hecho, la organización territorial española se basa en los municipios: Fue en 1833 cuando Javier de Burgos asignó cada municipio a una provincia determinada basándose en su distancia a la capital, con la idea de que ningún lugar estuviera a más de una jornada de distancia de su capital provincial. El territorio de un municipio puede abarcar un sólo núcleo de población o varios (generalmente los segundo), y, salvo en entornos muy urbanos, siempre incluye algo de campo. O sea de terreno sin urbanizar. Ahora bien: hay algunos términos municipales que parecen diseñados en un frenopático. Formas absurdas, enclaves múltiples, pueblos dentro de otros pueblos. Y muchas veces eso implica extremas disfuncionalidades. Hoy en Fronteras nos vamos a ver los pueblos y ciudades con las formas más raras de España.
Es un dato poco conocido fuera de la capital donostiarra, e incluso dentro, pero la bella Easo tiene tres exclaves en el resto de la provincia, algunos a varios kilómetros del resto del término municipal. El más grande de ellos, Zubieta, comparte nucleo urbano con el municipio de Usúrbil, que a su vez tiene dos pequeños enclaves dentro de Zubieta. El segundo enclave, Landarbaso, es un bosque en la ladera del monte Igoin, que quedó separado del resto de San Sebastián cuando Astigarriaga formó su propio ayuntamiento en 1987. Y el tercero, Urdaburu, está situado a más de ocho kilómetros del límite de la ciudad, casi tocando Navarra; también se encuentra deshabitado, y es producto de un deslinde de montes del siglo XVIII entre la capital y otros dos municipios.
Año 297 de nuestra era. En la isla de Rab, en la costa de la provincia romana de Dalmacia, un cantero al que todo el mundo conoce simplemente como Marinus se entera de que en Rimini están buscando gente para reconstruir las murallas de la ciudad. Así que se embarca en la primera chalupa disponible y se planta al otro lado del Adriático. Después de unos años allí decide ordenarse como diácono, y vive una vida normal, con sus misas y sus piedras hasta que una mujer bastante mal de la chaveta le acusa de ser el padre de su hijo. Marinus, cristiano y poco deseoso de meterse en líos en una época en la que el emperador Diocleciano no les tiene especial afecto a los seguidores de Cristo, decide huir a una montaña cercana, el Monte Titano. Una vez allí se construye una capilla y se encierra en ella a vivir como un eremita. Rápidamente se ganó fama de santo y de curar las enfermedades con la imposición de manos, así que un día la dueña del terreno, también cristiana, decide regalárselo. Era el 3 de septiembre del año 301 de nuestra era, y ese día se considera el de la fundación de San Marino. Cómo un país del tamaño de un bosque pequeñito ha sobrevivido 17 siglos es algo cuanto menos, sorprendente. Y eso es exactamente lo que vamos a ver hoy.
Cuando empecé a viajar regularmente hace unos años, adquirí la costumbre de enviar postales a algunos de mis amigos, generalmente con un chiste o juego de palabras digno de engrosar el código penal del país desde el que la enviaba. Una vez envié postales desde la única oficina de correos bajo tierra del mundo, en las cuevas de Postojna, en Eslovenia. Pero lo que hay en la isla de Mele supera cualquier lugar extraño desde el que yo haya enviado, o incluso recibido una postal. En Vanuatu se encuentra la única oficina de correos del mundo bajo el agua. A tres metros de profundidad, rodeada de aguas cristalinas y de peces de colores. Con sus horarios de apertura y cierre y su trabajador de Vanuatu Post echando horas tras el mostrador.
Una foto que me hizo mi amigo y excepcional fotógrafo Coke González en la presentación de Historiones de la Geografía. Espera, ¿todavía no has comprado MI LIBRO? Vete ahora mismo de aquí
Era una mañana más del mes de octubre de 2005. En el anodinio edificio de oficinas en el que trabajaba como teleoperador un rumor fue creciendo lentamente sobre el sonido de los teléfonos y las voces de los trabajadores, hasta ocultarlo por completo. Era gente levantándose de sus sillas y abandonando sus puestos de trabajo para acudir hacia la ventana más próxima, la escalera de emergencia o directamente la salida del edificio. Lo que sucedía no era ninguna emergencia, es más estaba absolutamente previsto desde mucho, muchísimo antes de que cualquiera de nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos hubieran nacido. A las once menos cuarto de la mañana el trabajo quedó suspendido; ni una sola persona permaneció en su puesto. Todos estábamos mirando al cielo. Por toda la ciudad, por toda la región, las escenas eran idénticas. Decenas, cientos de miles de personas detenidas en calles, colegios, aceras, azoteas y parques alzando la mirada hacia el sol. Para casi todos nosotros era el primer eclipse solar que habíamos visto, aunque no fuera total sino sólo anular. Pero ver desaparecer el sol casi completamente nos dejó sin palabras. A eso de las once y cuarto volvimos en tromba a nuestros puestos de trabajo. Antes de conectarme a la inevitable riada de llamadas de clientes insatisfechos, hice una consulta breve en Internet: «¿Cuándo será el próximo eclipse total de sol en España?». La respuesta no se hizo esperar. El eclipse, sin embargo, sí lo haría. Hasta el 12 de agosto de 2026. Quedaban, pues, más de dos décadas. Querido Diego de 26 años de edad: ya estamos aquí. Llegó el Año del Eclipse. El primero de ellos.
Trayectoria de la totalidad del Eclipse de sol del 12 de agosto de 2026 sobre la Península Ibérica y las islas Baleares (Observatorio de Borobia)
Cuando Carl Cox lo hizo en la nochevieja de 1999 los vuelos que cruzaban la línea de cambio de fecha eran pocos, y menos aún los que lo hacían la última noche del año, pero en el cuarto de siglo que ha pasado desde entonces el tráfico aéreo internacional se ha multiplicado por cuatro, y ahora los vuelos que despegan un día para aterrizar el día anterior son una ocurrencia cotidiana. Y en la nochevieja de 2025 tenemos nada menos que dos docenas de vuelos que despegarán el 1 de enero de 2026 y aterrizarán a tiempo de comerse las uvas una segunda vez. Y son estos:
Para los no iniciados, Carl Cox es una leyenda dentro del mundo de la música electrónica. Nacido en Inglaterra en 1962, a finales de los noventa era considerado unánimemente uno de los mejores DJs del mundo, si no el mejor. La revista DJMag le había colocado en lo alto de su famosísimo Top100 en 1996 y en 1997, y en el segundo escalón del podio los dos años siguientes. La nochevieja de 1999 se recordará por muchas cosas, especialmente por la fiebre del milenio y por el pánico al Efecto 2000, pero para Carl Cox fue la interminable noche de en que celebró fin de año dos veces: una en Sídney y otra en Honolulu. La noche de los dos milenios.
El año 2000 marcó el inicio de la popularización de las gafas de fin de año ridículas. La tendencia debió terminar obligatoriamente en 2009 y, en todo caso, vivir un pequeño retorno en 2020 aprovechando los dos ceros, pero contra todo pronóstico han existido gafas tan innecesarias como las de 2017 o 2024 (Michael Fenichel)
Un día te pasas una tarde escribiendo sobre Taiwán y dieciocho años después te encuentras saliendo en el telediario de la televisión pública de tu país. Y, contra lo que cabría esperar en alguien con mis apetencias fronterizas, no en la sección de sucesos ni en la de españoles detenidos por el mundo. Hace un par de meses Ferran Garrido tuvo la ideaza de entrevistarme para hablar de la geografía insólita de España, en un reportaje que incluye algunos de los grandes éxitos históricos de este blog de ustedes, como Rihonor de Castilla, la Isla de los Faisanes, la casa de La Fontañera, El Pertús y, por supuesto, Llivia. Toda mi familia y el 95% de mis amigos ya lo han visto porque se lo he enviado por Whatsapp hasta al tipo que me pintó la casa en 2013, y ahora es el momento de que lo veáis vosotros, así que ahí lo tenéis. Historiones de la Geografía, ahora en las noticias. Y pronto en tu biblioteca, si por lo que sea aún no has corrido aullando hasta la librería más próxima.
La foto es de los compañeros de Un Mundo Inmenso, cuyo canal nunca es suficientemente recomendado
«Sujétame el cubata». Así empiezan las decisiones catastróficas, pero tambien muchas historias épicas. La de hoy es ambas cosas. Thomas Fitzpatrick ya había combatido en dos guerras cuando alguien tuvo la pésima idea de desafiarle. Tommy Fitz, como le conocían sus amigos, estaba bebiendo con ellos en un bar de Manhattan cuando alguien afirmó taxativo que era imposible llegar desde Nueva Jersey a la ciudad en menos de quince minutos. Tomy dijo que él sería capaz de hacerlo sin problema. Con los ojos cerrados. Con la chorra fuera, si era necesario. Y uno de sus amigos, el más imprudente de todos, respondió alguna variante local de «no hay huevos». Como Michael J. Fox cuando alguien le llamaba gallina, Thomas Fitzpatrick achinó los ojos, depositó lentamente la enésima cerveza de la noche sobre la mesa y dijo algo así como «esperad y veréis». Era 30 de septiembre de 1956, y Thomas Fitzpatrick se disponía a ganar una apuesta de la forma más espectacular que jamás se haya visto.
Una avioneta en Washington Heights, al norte de la isla de Manhattan